Cuando el instinto hace que los juegos se conviertan en algo serio.

Nos conocíamos desde niños, y siempre habíamos sido muy amigos. Pero cuando comenzó mi pubertad, las cosas cambiaron. Empecé a sentirme atraído por Arturo. Al principio, todo era muy inocente. Pero un día me sorprendí a mí mismo fantaseando con la idea de su cuerpo desnudo. Me gustó, y a partir de entonces siempre me masturbaba pensando en él. No me atreví a decirle nada, pues él también había entrado en el descubrimiento de la sexualidad con fuerza, y no hacía más que hablar de lo mucho que le gustaban las chicas, y todo lo que le gustaría hacer con ellas. A veces me sentía celoso, pero cuando me encerraba en el baño me desahogaba soñando que el guapo Arturo era sólo para mí.

Y un día sucedió. Estábamos hablando de sexo, como tantas veces, y los dos nos habíamos puesto cachondos. Cuando tienes diecisiete años, la sola mención de algo que tenga que ver con el sexo basta para ponerte a cien. Los dos necesitábamos una paja para descargar nuestras ansias, pero también necesitábamos algo más fuerte, algo que fuese más allá de nuestras prácticas habituales. La idea fue de Arturo, y a mí no me disgustó en absoluto. Pero me puse muy nervioso, pues era lo que llevaba deseando tanto tiempo, un contacto íntimo con el hombre de mis sueños. No íbamos a follar, tan sólo se trataba de hacernos una paja el uno al otro, pero a mí me temblaban las piernas sólo de pensar que mi sueño de tocar la polla de Arturo se iba a hacer realidad.

Estábamos solos, y mis padres tardarían en volver. Mi habitación ofrecía una penumbra acogedora. Arturo empezó a desnudarse, y yo le seguí, pero un resto de pudor me llevó a dejarme el slip al tumbarme en la cama. Arturo había empezado a quitárselo, pero al ver que yo no lo hacía siguió mi ejemplo y se lo dejó. Llevaba un slip blanco con rayas azules que ya le había visto en otras ocasiones, mientras nos cambiábamos para hacer deporte; el mío era completamente blanco, de lo más clásico. Arturo se tumbó a mi lado, y empezó a acariciarse la polla que ya llevaba un buen rato dura como el mármol. Pero yo pensaba que la mía estaba todavía más dura. Yo no sabía que hacer, ahí estaba Arturo, tumbado a mi lado, semidesnudo, con los ojos cerrados y concentrándose en su placer. De repente, abrió los ojos y me dedicó una sonrisa de complicidad.

—¿Vamos? —preguntó.

Yo sentía un agujero frío en el estómago. Con la suavidad de la mayor ternura, Arturo cogió mi mano y la puso sobre su pene. Creí que me moría de placer al sentir el suave y caliente roce de su slip, en contraste con la dureza de su rabo. Al sentir el contacto de mi mano, Arturo suspiró. Puso su mano sobre la mía y empezó a moverla suavemente para que le masajeara su polla. Mi mano acabó moviéndose por sí sola y Arturo apartó la suya. Como el trato había sido que cada uno le hacía una paja al otro, su mano se dirigió a mi polla, y entonces supe lo que estaba sintiendo él, pues sentí un leve cosquilleo en mi polla que me hizo emitir un gemido. Arturo tenía los ojos cerrados, pero sonrió cuando oyó aquel indicio de mi placer.

Yo no sabía a qué santo encomendarme, ni podía distinguir en aquel cúmulo de sensaciones qué era lo que más me gustaba, si el tacto del algodón de mi slip en mi polla con la suave presión de su mano al acariciármela o el tacto del algodón de su slip en mi mano, sintiendo a la vez el calor y la dureza de su pene. Al mismo tiempo, tenía que aguantarme todos mis deseos de abrazarle y besarle en la boca. Pero el paraíso que suponía aquel acto de lujuria era suficiente para mí. Abrí los ojos y le vi de nuevo ante mí. "¡Qué guapo es!", pensé. Y era cierto, Arturo tenía esa belleza del adolescente que promete una esplendorosa madurez. El cabello un poco rizado, los rasgos marcados pero sin ser demasiado afilados, y los músculos desarrollados en su justa medida. Creo que fue entonces cuando me di cuenta de que me había enamorado de mi amigo.

Arturo tenía ganas de correrse, y no habían pasado cinco minutos desde que nos tumbamos en la cama cuando sentí que su cuerpo se estremecía. Un suspiro que dio la medida de todo su placer mientras se retorcía en la cama, y mi mano sintió a través del slip la humedad de su semen espeso y cálido. Una enorme mancha se dibujó en la tela blanca con rayas azules. Arturo empezó a tranquilizarse mientras jadeaba.

Entonces me volví loco. Perdí la cabeza, pensé que estaba soñando y que me iba a despertar de un momento a otro sin mayores consecuencias. Me incorporé de repente, agaché la cabeza hacia su polla y, sin darle tiempo a reaccionar, hundí mi rostro en su slip y me puse a lamer ávidamente todo aquel semen caliente cuyo olor me ponía todavía más frenético. Tragué todo lo que pude, y me excité sabiendo que el esperma de Arturo entraba en mi cuerpo enamorado. Su mano no había soltado mi pene, de modo que sólo tuve que mover hacia delante mi pelvis y empecé a correrme. Suspiré, grité, resoplé mientras mi semen, tan espeso como el de él, dejaba su correspondiente mancha caliente en mi slip blanco.

De repente, volví en mí. Arturo había soltado mi polla y me miraba con expresión de extrañeza. Todo había sucedido en diez segundos, y no había tenido ocasión de reaccionar hasta entonces. De nuevo sentí frío en el estómago, pero esta vez era una sensación inenarrable de vergüenza. Sin embargo, el cielo volvió a abrirse cuando vi a Arturo sonreír. Una sonrisa de complicidad con la que me decía, sin dejar lugar a la duda, que sentía lo mismo que yo. Mis labios esbozaron una sonrisa, y mis ojos intentaron reflejar todo mi amor. Arturo se agachó, depositó su mano manchada con mi semen en mi muslo y aplicó sus labios a mi slip. Mi polla sintió a través de la tela mojada la humedad de su lengua mezclándose con mi esperma. Su garganta se estremeció un poco mientras tragaba.

Las comisuras de mis labios todavía tenían restos de semen. Arturo se incorporó y me besó en la boca. Sentí en mi lengua cómo su esperma se mezclaba con el mío. Nos volvimos a tumbar en la cama, abrazados, besándonos con frenesí mientras nuestras piernas se enroscaban. A los pocos minutos estábamos otra vez excitados, de modo que hicimos el amor, esta vez entregándonos nuestros cuerpos al completo. Arturo ya no volvió a mencionar su afición por las mujeres, ni yo volví a soñar a solas. Y desde aquel día, el semen forma parte de nuestra dieta diaria.



-.Chicos Desnudos.-